Enrique Fernández García


A proposito de su libro "Instigación a la rebeldía"

Estas páginas deben marcar el inicio de una relación que, según creo, puede ser provechosa. Supongo que, al adquirir este volumen, usted se ha sentido provocado por el nombre o experimentado cierta inquietud debido a lo expresado en la contratapa; incluso, descontando las virtudes del diseñador, imagino curiosidades ligadas a los colores de su portada. En cualquier caso, celebro que hayamos podido encontrarnos. Probablemente, una casualidad puso el libro entre sus manos, tentando a esos ojos que tuvieron la fortuna de leer páginas gloriosas, párrafos dignos del recuerdo, líneas fundamentales para comprender nuestras miserias. Déjeme presumir que se interesa por las ideas y considera intolerable la existencia de necios, más aún cuando éstos rigen el Estado. Además, permítame jactarme de tener a un lector que sobresale del resto por su espíritu crítico, pues no soporta conformismos ni apatías. Por ello, sin olvidar su indulgencia, estoy seguro de que coincidiremos en algunas reflexiones, aunque también intuyo cuestionamientos tan serios cuanto útiles. Es obvio que, si nuestro vínculo suele estar acompañado por la controversia, me sentiré complacido. Yo no aspiro a dirigir una secta, sino al prodigio de facilitar insubordinaciones. Me parece que, acaso por el solo hecho de intentarlo, tengo derecho a publicar estos folios. No creo que la obra cuente con más de una edición, tal vez acumule casi todos los ejemplares en mi alcoba; sin embargo, resulta imposible evitar las ilusiones propias de quien desea dirigirse así al semejante.


Le advierto que muchas partes del volumen han sido redactadas con fervor. Siento que varios párrafos permiten evocar a Onetti, quien confesó al intelectual Alfredo Barnechea: «Escribo cuando la furia me llega, y dejo de hacerlo cuando ésta me abandona». Como no quiero descollar por la objetividad, reconozco que me complace declarar esto. Dejo a quienes gustan de los textos ideológicamente asépticos, seres cuyo discurso me trastorna sin demora, el fabricar esas obras. La neutralidad es una virtud robótica que no anhelo poseer. Ésta no es una época que necesite de moderaciones cuando se advierten imbecilidades. Tampoco se requieren sujetos que, a fin de tener posturas uniformes, no hablen sino mientras los respalda el grupo. Yo me quedo con la perspectiva personal de los temas que analizo a diario. Deseo estar lejos de la corrección política, esa estupidez que se suele imponer bajo pretextos democráticos. En cada línea que confecciono, puede percibirse la inclinación, el respaldo brindado a una causa. Ello no significa que todas mis ideas sean originales; al contrario, suelo recurrir a otros autores para fortalecer tesis u objetarlas parcialmente. La lectura me ha permitido dichas mayores de las que puede ofrecer cualquier campus, por lo cual esto se refleja en mis ensayos. Si algún resplandor se nota en el contenido del volumen, debe ser atribuido al afecto que siento por los libros. 
Debo remarcar que, aunque la publicación de un nuevo libro es siempre apetecible, consumar este acto se me hace cada vez menos fácil. No aludo ahora al problema de hallar editor o imprenta dirigida por algún mecenas, pues, si bien aparecen hoy brillantes amigos que me brindan su respaldo, mi billetera se habituó a financiar estos absurdos. Me refiero a la dificultad, ciertamente inmortal, de aprobar la versión final del texto. Sé que, como pasó antes, sólo usted y algunos orates intentarán llevar a cabo la ocurrencia de leerme. No desconozco del efecto que provoca una obra marcada por mi estilo; es improbable que sus frutos sean numerosos, seductores para quienes lucran merced a estas faenas. Con todo, le aseguro que toda página fue construida en pos de alcanzar niveles más o menos aceptables. Mi respeto a la literatura se traduce en esta inquietud. Por otro lado, tras leer el borrador, me subyuga la idea de justificar su lanzamiento. Estimo que puedo ratificar los juicios emitidos en sus distintos partes. Si bien es saludable que los individuos cambien sus postulados, hay concepciones capaces de sobreponerse a cualquier crítica. Desde luego, la voz de Camilo José Cela me agobia con una intranquilizadora frase: «A veces me parecía haber escrito una obra maestra y otras, en cambio, pensaba que todo aquello era una mierda que no tenía el menor mérito ni sentido». Evoco esas palabras porque, con regularidad, sé que mi ejercicio de la escritura está destinado a morir en el olvido. Pero hay también instantes, escasos y fugaces, que me hacen pensar en algún beneplácito del prójimo.
En cuanto al contenido de la obra, le aclaro que está divida en tres partes. Me ha resultado imposible relegar alguna de las facetas que parecen formar mi esencia. Es que, como escritor, he compuesto textos filosóficos, literarios y políticos, porque son campos en los cuales me siento a gusto. Consiguientemente, cumpliendo el rito posmoderno de recoger algunos ensayos que se han lanzado durante los últimos años, la compilación refleja esa variedad. Así, la primera parte contiene algunas de mis principales convicciones en el campo del pensamiento. Ello ha motivado que sea denominada «Ejercicios de filosofía». Luego, procurando agradecer su incitación a ser crítico, se hallan textos que discurren, en especial, sobre unos cuantos de mis autores predilectos. Por esta razón, el apartado se llama «Rebelión en las letras». Por último, bajo el nombre de «Evidencias del compromiso intelectual», usted se topará con los escritos que tienen fines políticos. Nunca me cansaré de repetir que mi apoyo al liberalismo no admite ninguna moderación. Esto hace que aproveche cualquier intervención para salvaguardar sus postulados. Puedo disfrutar del aislamiento, gozar de la soledad ofrecida para crear y leer; no obstante, pronunciarme sobre los asuntos públicos es irrefrenable.
 Aunque suene fantasioso, mi objetivo es incitarlo a que piense por su propia cuenta. Es un cometido que se persigue desde hace varios siglos; en consecuencia, la tarea disto mucho de ser insólita. Empero, se trata de una práctica que tiene cada vez menos ejecutores. Consciente de esto, propongo estas páginas para ejercitarla. Todas las ideas del presente libro admiten la posibilidad de ser cuestionadas. Uno de los mayores premios sería que, provocado por el contenido, usted resolviera denunciar su completa inutilidad. Por supuesto, no espere que reciba las observaciones sin formular ninguna réplica. Como he tomado en serio la tarea de reflexionar sobre lo que escribo, mi defensa será firme pero cordial. Recuerde que, conforme a lo manifestado por Jaime Barylko, «es filosóficamente terapéutico discutir». Al rebatir una proposición, evidenciamos que, pese a las frivolidades del presente, nuestra mente continúa teniendo vida. Tomar la palabra para impugnar lo aseverado por el interlocutor es un acto meritorio. Albergo el deseo de que, sin respetar a ninguna institución, autoridad o mortal, procuremos iluminar nuestro tránsito por la vida. La busca del conocimiento no tiene por qué ser pacífica ni cortés. Nos impulsa un propósito digno, capaz de impulsarnos hacia las instancias más elevadas. El reto es que nadie logre quitarnos la posibilidad de ser rebeldes. 

E. F. G.

Santa Cruz de la Sierra, junio del año 2012