Exploración y despojo


Por Ramón Rocha Monroy - Columnista - 21/07/2012
El territorio boliviano en 1825 era inmenso, el doble del actual, y tenía cinco departamentos, pues buena parte del resto estaba comprendido en el Territorio Nacional de Colonias. La exploración de esas tierras desconocidas fue preocupación de nuestros primeros gobernantes y no termina, pues todavía hay regiones poco o nada conocidas. Ya el general Sucre premió a Francisco Burdett O’Connor con tierras en el Chaco y José Ballivián concedió leguas cuadradas a Teodosio Ruiz en las cercanías de Yacuiba por sus servicios en la batalla de Ingavi, de 1841.


El año 2010, la Editorial El País, de Santa Cruz, que dirige mi buen amigo Ricardo Serrano, publicó un documento que fue rescatado del olvido gracias a la proverbial inquietud de Mariano Baptista Gumucio. Es la memoria de Daniel Campos “De Tarija a la Asunción. Expedición boliviana de 1883”, sobre el viaje que hizo por tierras desconocidas donde conoció a pueblos prósperos y bien nutridos, que tenían sus autoridades originarias y convivían en paz. En su extenso informe, Daniel Campos habla de los Tapietis, los Orejones, los Churupiés y los Gualambas, que considera parte de un tronco común: los Tobas; habla del Mataguayo, del Guaicurú, del Poreromo y del Gotonoso, que pertenecen al pueblo Mataco; y el Güisnay, el Payagua y el Chorotí, parte del pueblo Chiriguano. De todos ellos dice: “Los salvajes del Chaco no son las hienas que se complacen en pintar los viajeros, ¡no! Son nobles porque tienen libertad, son generosos porque son intrépidos. ¿Qué queréis? Los civilizados, los cristianos, nosotros, los hemos colocado en una situación desesperada y falsa de la que fatalmente no pueden salir”. Campos se refiere a la actitud del hombre blanco de “apoderarse de ellos como bestias de trabajo; los estancieros, dueños de ingenios azucareros” los abusan y les obligan a internarse de nuevo a sus bosques, “o los han arreado a una reducción de misiones cristianas, donde su existencia ha sido más insoportable todavía que en casa de los estancieros. Allí, como un poco de paja que se echa al jumento de carga, se les da un puñado de maíz, se explota inicuamente a éste; se les aburre con el ejercicio constante de prácticas ridículas y anticristianas; no se les permite adquirir propiedad alguna, destruyéndose algo que hubiesen sembrado; para engañar la opinión se enseña a unos pocos algo de lectura, muy poco de escritura, teniendo cuidado de arrojar de las escuelas a aquellos que revelan alguna inteligencia precoz o se atreven a leer algo que no sea lo que se les da; con muy poco tacto del corazón humano se pretende de golpe desarraigar sus hábitos de libertad, sus costumbres expansivas y convertir súbitamente del hijo del bosque al cenobita del claustro, impregnando marcada dosis de odio al hombre civilizado para retenerlo de ese modo en provecho propio”. La conclusión es clara: el despojo que se prolonga hasta fines del siglo XX, con privilegiados del gobierno de turno que recibieron en concesión hasta un millón de hectáreas o tienen más a nombre de sus familiares y sin que importen las superposiciones sobre tierras comunitarias poseídas hace cientos de años.


Se puede leer el informe de Daniel Campos como una epopeya de la soberanía boliviana, que se extendió sobre esos territorios, pero también como un capítulo del despojo sistemático de las tierras originarias y comunitarias.