Gral. LUCIO ÁÑEZ RIBERA


El niño que sería soldado

El General Lucio Añez Ribera nació el 6 de julio del año 1935 en la ciudad de Santa Cruz de la Sierra, en el barrio de lo que fue el cine Victoria, un lugar que, según lo recuerda el propio General Añez, estaba rodeado de grandes árboles que daban a una pequeña laguna que las consejas populares usaban para intentar persuadir a los niños de no acercarse, porque dizque salía el duende y se los llevaba. 
Lucio Añez Ribera es descendiente de don Manuel Añez Mendoza y doña Elena Ribera Barba. Su padre, don Manuel, se casó al retornar de la Guerra del Chaco, de donde fue evacuado al haber recibido un impacto de bala en la pierna derecha en plena acción. Retornó en 1934 a Santa Cruz, donde conoció a su futura esposa y en los últimos meses de ese año contrajeron nupcias. Naciendo en Julio del 35 su primer hijo varón, Lucio. Don Manuel era constructor de obras, mientras doña Elena, se desenvolvía en el hogar como la típica ama de casa cruceña, nunca se le ocurrió al esposo que ella trabajase fuera del hogar. “Eran las costumbres de la época”, remarca  Añez.
Lucio Añez Ribera viene de una familia numerosa: ocho hermanos. Cuatro mujeres y cuatro hombres, de los cuales dos han fallecido al igual que sus padres. Él es el mayor de todos ellos, le siguen Elena, Mercedes (+), Carmen, Buldeman, Juan Bautista (+), Gabriela y Víctor Hugo, “nos llevamos por dos años”, explica Añez.
Él cuenta que su padre nunca le habló sobre la guerra del Chaco. Pero que frecuentemente lo veía reunirse con sus amigos excombatientes, quizás para recordar los terribles avatares de la guerra y reflexionar sobre el nuevo pensamiento político que surgía de la contienda bélica. Pasada la guerra y, a partir de los acuerdos de paz, Bolivia intentaba aliviar su dolor por los miles de muertos caídos en una “guerra estúpida” promovida por las transnacionales del petróleo y pretendía reconstruir el país cuya economía e instituciones estatales habían sido devastadas.

“Recuerdo que mi padre nunca me habló de la Guerra del Chaco, quizá pensó que no era conveniente hacerlo o porque simplemente no tenía muy buenos recuerdos de esa contienda que tanto dolor nos costó a los bolivianos”, afirma el General Mientras bebe un sorbo de agua fría de los vasos que su esposa nos ha traído, para que conversemos tranquilamente en la galería delantera de su modesta casa en el barrio militar de la ciudad de Santa Cruz de la Sierra. En los días que se desarrollaron las entrevistas, que van a configurar estas memorias, fui atendido con la generosidad de la gente de bien y he podido apreciar la biblioteca que se encuentra en su sala de la que he consultado algunos libros para descubrir datos en algunos casos y confirmarlos en otros.
Retomamos la conversación y el General me señala que la década posterior a la Guerra del Chaco fue de cambio, o de la lucha por el cambio, llegando a enterarse de los acontecimientos del interior del país a través de la única emisora existente en la época en Santa Cruz de la Sierra, Radio Electra, de la cual recuerda como locutor principal a don Guillermo Bulacia, del que fue posteriormente muy amigo. Recuerda que había mucho contacto con los cruceños exiliados, principalmente de los que estaban en la Argentina, de donde llegaban mensajes, contactos que fueron aumentando en intensidad hasta el estallido del levantamiento en Santa Cruz que daría lugar a la Guerra Civil de 1949. Recuerda que de niño llevaba mensajes a diferentes personajes de la pequeña ciudad que era Santa Cruz de la Sierra, así como traía otros, “nunca se me ocurrió leerlos, pensaba que eran cosas delicadas de las cuales era mejor no enterarse y consideraba cosas reservadas de mi padre y sus amigos”, aclara Añez.
Un episodio que lo tiene muy bien grabado fue el de la Guerra Civil de 1949, su padre, que era un líder civil y un agitador nato de masas, envió a su familia a Cotoca, para dedicarse libremente a la conspiración. Pasada la misma regresaron a la ciudad y, a los pocos días, su padre fue tomado preso y llevado a las celdas de la policía que quedaban en lo que ahora es la Manzana Uno. Igual suerte corrieron todos aquellos defensores del petróleo que anduvieron en afanes conspirativos. Lucio Añez tenía catorce años cuando se dieron estos violentos sucesos políticos.
Esto trajo como consecuencias difíciles días en la vida familiar, que fueron superados poco a poco. “Pero, de alguna manera las familias sabían que los acontecimientos presagiaban un cambio. Porque todo apuntaba a una nueva conciencia del país en que vivíamos y lo que aquellos hombres buscaban con el levantamiento”, nos ilustra el general.
Después de la Guerra Civil, estalló la Revolución Nacional del 9 de Abril de 1952 en la ciudad de La Paz, revolución que haría cambiar muchas cosas en Bolivia y habría de insertar al país en la modernidad con la ideología dominante del nacionalismo. 
Volvamos a la familia. El general recuerda a su madre como una mujer muy devota de la Iglesia Católica y se recuerda a sí mismo de niño yendo a la capilla a las misas y novenas de la Virgen del Carmen. Principios cristianos que el General Añez heredó de sus padres hasta el día de hoy, pues junto con su esposa siguen asistiendo a la misa de la Mansión.
El General Añez hizo la primaria en la escuela Basilio Cuéllar (1942-1947) y la secundaria en un colegio nocturno llamado Círculo de Amigos (1948-1953). “Me acuerdo de grandes profesores, gente muy dedicada a la docencia, con mucho cariño a la profesión, como la señora Otilia Vaca Diez, el doctor Adrián Limpias, él era muy adusto y serio; la profesora Soledad Franco y otros. Me acuerdo que en el mismo colegio hacíamos las tareas. Y en la secundaria tuve de profesor de literatura al reconocido poeta Raúl Otero Reiche, un hombre muy sensible, muy humano; también recuerdo a Aníbal Rojas, de cálculo; a doña Adela Salvatierra, era una gama de excelentes profesores que nos enseñaban a razonar e incluso a competir sanamente entre nosotros”.
Lucio Añez, es un hombre sencillo, callado, es de los que hay que hacerlos hablar porque no sueltan prenda con mucha facilidad, especialmente si trata de hablar de sus logros. Como si estuviera contando una anécdota trivial nos comenta que en primero de secundaria le otorgaron un premio por no haberse faltado nunca a clases. 
Se le iluminan los ojos cuando recuerda que le gustaba el fútbol y que fue fundador del Club Destroyers con Orlando Banegas, Eduardo Daza, Chiqui Paz y otros. Sus clases, en el colegio nocturno empezaban a la siete de la noche, así que él jugaba de cinco a seis, para luego ir a su casa a bañarse y salir volando al colegio. En ese entonces su familia vivía por la Máquina vieja y de allí era bastante largo el viaje al colegio ya que no había micros. “El fútbol era mi pasión, yo jugaba de wing izquierdo. Me acuerdo que al volver de la escuela, tarde de la noche, con mi linterna, había un cupesí donde se decía que salía un ahorcado, pero yo nunca lo vi”.
Le pregunto por sus lecturas y me responde que siempre le gustó leer, que  era un asiduo lector de libros, periódicos y revistas. “Había una biblioteca en lo que es ahora la Casa de la Cultura y allí yo leí a Alejandro Dumas, a Charles Dickens, Víctor Hugo, ¡cómo escribían estos autores! Hasta me acuerdo de los libros de José María Vargas Vila que la Iglesia había prohibido. Pero los que vuelvo a leer son El Quijote y La mil y una noches. Me acuerdo que cuando leí  el Martín Fierro, busqué algo parecido para Santa Cruz y encontré Paquito de las Salves de Marceliano Montero, que era un libro escrito de la manera costumbrista, es decir en lenguaje popular camba”.
Un hecho aciago marcó la adolescencia de Lucio Añez, fue la trágica muerte de uno de sus compañeros de aventuras que murió atropellado por un camión, luego de caer de una chata que llevaba caña. Añez y sus amigos presenciaron la caída de su compañero, desesperados y sin poder hacer nada. Horas más tarde fueron reprendidos por sus padres y profesores por la irresponsabilidad con la que actuaron, jugando entre las chatas sabiendo el peligro que corrían. Esa muerte los hizo madurar rápidamente, haciéndoles comprender la responsabilidad que debían guardar en cada uno de sus actos. Este fatídico suceso lo acompaña hasta el día de hoy y cuando lo recuerda, Añez no puede menos que entristecerse, como si un nubarrón pasara por su memoria.
“Todos estos hechos y acontecimientos  que me tocaron vivir, sumados a las influencias de mi tío Ceferino Lozano Añez, suboficial de la FAB, con el que manteníamos largas conversaciones, referentes a su vida militar, acrecentados por las numerosas revistas militares, la revista “En Guardia”, fue lo que inclino mi preferencia por la carrera de las ramas”, remarca Añez.